A) Aspecto objetivo
El peligro más evidente a que nos enfrentamos es el que corresponde a la fragilidad de nuestro cuerpo físico y sus sustentos materiales. Desde el momento en que nacemos, nos vemos expuestos a enfermedades, accidentes y deterioro por un lado, a desastres naturales como sismos e inundaciones por el otro. Nos desarrollamos en una sociedad repleta de crímenes, explotación, represión y riesgos permanentes de guerra. Los acontecimientos tanto políticos, como sociales y económicos, generalmente conducen al estallido de las crisis.
Los intentos de reformas y revoluciones siempre se esfuman, repitiéndose los esquemas de estancamiento y violencia, con la consiguiente desilusión. Incluso en épocas de relativa tranquilidad, el orden de nuestras vidas no es del todo perfecto. En fin, una u otra cosa parece siempre estar fuera de foco. Obstáculos y preocupaciones se presentan indefinidamente.
A pesar de que podemos ser los suficientemente afortunados para librarnos de las más serias adversidades, existe una que no podemos traspasar. Esta es la muerte. Estamos destinados a morir y, con todo y nuestra riqueza, nuestra habilidad y nuestra fuerza, permanecemos indefensos frente a nuestra mortalidad. La muerte pesa sobre nosotros desde el momento en que nacemos y, al paso de cada minuto, nos acercamos ineludiblemente más a ella. Ese caminar por la vida sintiendo una seguridad basada en nuestras propias comodidades, como si fuéramos hombres atravesando un lago completamente congelado, suponiendo que avanzamos con seguridad, cuando en realidad ignoramos que el hielo se resquebraja bajo nuestros pies.
Los peligros que nos agobian, se tornan más angustiantes por la incertidumbre que nos produce el desconocer el momento en que éstos habrán de presentarse. Si fuera posible vislumbrar la llegada de cualquier adversidad, tendríamos la alternativa de prepararnos para alcanzar la resignación de manera estoica; pero el hecho es que desconocemos mucho sobre lo que el futuro nos depara y, por tanto, vivimos momento tras momento, con el vago presentimiento de que en cualquier segundo, de manera repentina, nuestras esperanzas se desvanecerán.
A menudo nuestra salud se ve amenazada por la enfermedad, nuestros negocios decaen, nuestros amigos se vuelven en contra nuestra, nuestro amor muere. En fin, nada nos garantiza que estas contrariedades no habrán de presentarse en cualquier momento. Lo único certero es la muerte y podemos estar seguros de que ésta sobrevendrá.
B) Aspecto subjetivo
El aspecto subjetivo del peligro o del riesgo propio de la vida presente, consiste en nuestra actitud negativa a esta situación de la realidad del mundo, de donde el elemento de incertidumbre tiende a generar en nuestro interior una inquietud persistente que altera nuestro propio sentido de seguridad. En el nivel interior profundo, sentimos la inestabilidad de nuestra confianza, su transitoriedad y su vulnerabilidad; así la conciencia de ello nos produce un sentimiento de malestar que a veces nos conduce a un estado intenso de ansiedad. La fuente de este malestar no siempre somos capaces de identificar, ya que permanece al acecho en lo profundo de nuestra mente; es como un miedo no localizado de que todo aquello en que nos apoyamos será bruscamente derrumbado, dejándonos sin nuestro marco de referencia habitual. Esa ansiedad es lo suficientemente perturbadora en sí misma y a menudo se confirma, ya que el curso de los acontecimientos sigue su propia dinámica independientemente de nuestra voluntad y sin coincidir con ella necesariamente.
La vida en este mundo implica enfermedad, pérdida y muerte que golpean cuando el tiempo madura. Cuando el devenir de los acontecimientos nos impacta, el resultado es doloroso y frustrante, Si el conflicto es de menor magnitud caemos en el enojo, en la depresión o en el incomodo; pero si es mayor, somos presa de la angustia, de la tristeza o de la desesperanza. En cualquiera de los casos, emerge una profunda desarmonía entre nuestros deseos y la realidad del mundo, produciéndose como resultado el sufrimiento. Pero más aún, el sufrimiento que aflora tampoco es fortuito, ya que cuenta con un calor sintomático que revela la existencia de pesares profundos que subyacen, relacionados y generados por nuestras propias actitudes hacia el mundo, ya que actuamos con una estructura mental de expectativas, proyecciones y demandas.
Nuestro comportamiento usual responde a una estructura mental repleta de expectativas, proyecciones y demandas con los que esperamos que la realidad se conforme con nuestros deseos, se someta a nuestro mandato y confirme nuestras pre-concepciones; pero ella se resiste. Cuando esto acontece, enfrentamos el dolor y la frustración que nacen del conflicto entre nuestras expectativas y la realidad. Para resolver este sufrimiento, una de las dos habrá de cambiar; nuestras expectativas o la realidad del mundo.
En el preciso momento que deduzcamos que no es posible alterar la naturaleza del mundo, por aquel rasgo de incertidumbre que lo caracteriza y, por consiguiente, tornarlo armónico con nuestras expectativas, reconoceremos que la única alternativa será el cambio en nosotros mismos, venciendo el apego y la aversión hacia el mundo. Vencer el apego significa aprender a observar con ecuanimidad la fluctuación de los hechos, libres de vaivenes de los estados de ánimo. El estado de ecuanimidad, más allá de las contradicciones del mundo, conduce a la más alta seguridad; aunque para lograrla, necesitamos una guía. La guía que elegimos no puede protegernos de la adversidad objetiva. Sólo puede salvaguardarnos de las peligrosas respuestas negativas con las que a menudo enfrentamos los conflictos; tales como la ansiedad, la aflicción, la frustración y la desesperación. Esta es la única y esencial protección posible y, por concedérnosla, esta guía puede ser considerada como un refugio genuino.
Es por lo anteriormente expuesto, que necesitamos ser protegidos de actitudes que nos aquejan aquí y ahora y de reacciones negativas a riesgos, peligros y adversidades, la primera razón para ir hacia el refugio.