El bien último es la realización de Nibbāna, la liberación de la rueda de renacimientos y puede ser alcanzado ya sea en la vida presente o en alguna vida futura dependiendo de la maduración de nuestras facultades espirituales. El Nibbāna es alcanzado a través de la práctica del sendero que conduce a la liberación, el Noble Óctuple Sendero, en sus tres estados de disciplina moral, concentración y sabiduría. El más fundamental de estos tres estados es el de la disciplina moral o la moralidad, el cual comienza con la observancia de los cinco preceptos. El asumir los cinco preceptos, puede entonces ser entendido como el primer paso real tomado a lo largo del sendero hacia la liberación y el fundamento indispensable para los logros más altos de concentración y sabiduría.
La moralidad funciona como el fundamento del sendero, en dos sentidos. Primero, la observancia de la moralidad promueve una clara conciencia, esencial para el desarrollo de la concentración. Si a menudo actuamos contrariamente a los preceptos, nuestras acciones tienden a ocasionar el remordimiento, mismo que asciende a la superficie de la mente cuando nos sentamos a meditar, creando inquietud y sentimiento de culpa. Si actuamos en armonía con los preceptos, nuestras mentes serán imbuidas de una dicha y claridad de conciencia las cuales ayudan a que la concentración se desarrolle fácilmente. La observancia de los preceptos conduce a la concentración en un segundo sentido: nos rescata del peligro de ser atrapados en un fuego cruzado de motivos incompatibles que perturban el estado meditativo de la mente. La práctica de la meditación que aspira a la serenidad y a la introspección, requiere aquietar las impurezas. Cuando deliberadamente actuamos violando los preceptos, nuestras acciones brotan de las raíces insanas de la avidez, el odio y la ignorancia. Entonces, al cometer dichas acciones estamos reanimando las impurezas mientras al mismo tiempo, sentados en meditación, estamos luchando para derrotarlas. El resultado es el conflicto interno, la desarmonía, una grieta de lado a lado en el centro de nuestro ser que obstruye la unificación de la mente requerida para la realización meditativa.
Al principio no podemos esperar la eliminación de las formas más sutiles de las impurezas de una vez por todas. Esto sólo se puede atacar después, en las etapas más profundas de meditación. Al inicio debemos empezar por parar las impurezas en sus formas más vulgares de ocurrencia y esto se logra restringiéndolas de alcanzar expresión a través de los canales del cuerpo y el lenguaje. Tal restricción es la esencia de la moralidad. Nosotros, por lo tanto, tomamos los preceptos como una forma de entrenamiento espiritual, como un camino para encerrar a las impurezas y prevenir que estallen hacia la superficie. Después de que las impurezas han sido encerrados y su estallido detenido, podemos trabajar en eliminar sus raíces a través del desarrollo de la concentración y la sabiduría.