A) Aspecto objetivo
Los riesgos a que estamos expuestos en el transcurso general de la existencia son inmensamente mayores a los relacionados con la vida presente y con las vidas futuras, expuestos con anterioridad. Más allá de las adversidades y desventuras propias de la vida presente y los riesgos de caer en el "plano de la desdicha", existe un peligro de mayor trascendencia aún, que amenaza el transcurrir general de la existencia y se refiere a la intrínseca insatisfactoriedad del saṃsāra (ciclo).
Saṃsāra es el ciclo de la existencia, la rueda de nacimiento, vejez y muerte, que se ha repetido indefinidamente desde los orígenes del tiempo.
Renacer no es un suceso que ocurra por única vez y que nos conduzca a la eternidad en una vida futura. El proceso de vida se repite una y otra vez, por lo que, cada nacimiento individual implica decadencia y muerte; cada muerte individual, conduce a un nuevo nacimiento. Un renacimiento puede ser afortunado o desdichado, pero dondequiera que ocurra, no habrá manera de detener o suprimir la rotación que caracteriza la rueda de nacimientos y muertes. Como es posible observar, el sentido de impermanencia impone su decreto por encima del dominio de la vida, señalando que todo lo que surge en algún momento, habrá de cesar en otro. Ni siquiera la existencia en los Reinos Celestiales escapa. La vida allí también cesa cuando se agota el kamma que la produjo, para resurgir en algún otro plano, quizá en las moradas de la miseria.
Esta constante rotación por todas las formas de existencia condicionada se presentarán ante el ojo de la sabiduría como insatisfacción y sufrimiento (dukkha). Ninguno de nuestros apoyos o soportes está exento del cambio permanente. De aquí que todo lo que nos procuramos en cuanto a comodidad y distracción, es en realidad sólo una manera de ocultar el sufrimiento. Aquello en lo que nos apoyamos para sentir seguridad, está en sí mismo expuesto al peligro; aquello a lo que nos volvemos para ser protegidos, necesita en sí mismo ser protegido. Nada de eso a lo que nos queremos aferrar durará para siempre: "Se está derrumbando, se está derrumbando. Esto es lo que se llama el mundo".
Para entender esta situación en su total profundidad y gravedad, habremos de multiplicarla por infinito. Desde siempre hemos estado trascendiendo a través del ciclo general de la existencia, encontrando las mismas experiencias una y otra vez: nacimiento, envejecimiento, enfermedad y muerte; separación y pérdida; fracaso y frustración. Incontables veces nos hemos hundido en el plano de la miseria, hemos sido animal, espíritu carenciado o espíritu infernal. Una y otra vez hemos experimentado el sufrimiento, la violencia, la pena y la desesperanza.
El Buddha ha declarado que el caudal de lágrimas y sangre que hemos derramado en el curso de nuestro vagabundeo por el ciclo, es muchísimo mayor al de las aguas de los océanos; que con los huesos que hemos dejado atrás sería posible formar una montaña inmensamente mayor a la Cordillera del Himalaya completa. En numerosas ocasiones del pasado nos hemos encontrado con el sufrimiento y en la medida en que las causas que nos conducen al ciclo del ciclo no desaparezcan, corremos el peligro de repetir estas experiencias a lo largo de nuestro vagabundeo en el ciclo.
B) Aspecto Subjetivo
Para escapar de estos peligros, sólo hay una forma: el desapego a todas las formas de existencia, incluida la más sublime; aunque para conseguirlo de manera efectiva, debemos cortar la causa que nos esclaviza en la rueda de las existencias. Las causas fundamentales que sostienen nuestro vagabundeo en el ciclo se albergan en nosotros mismos.
El Buddha afirma que vagamos de vida en vida impulsados por una necesidad insaciable y profunda de perpetuar nuestra existencia. Este impulso es llamado por el Buddha "bhava-taṇhā"; es decir, la avidez por la existencia. Mientras este anhelo persista, aun en forma latente, la muerte no será una barrera para continuar nuestras existencias en el ciclo. Esta avidez de permanencia constituirá el puente que permita el paso del vacío creado por la muerte a una nueva forma de existencia, determinada por el kamma acumulado previamente.
Esta misma avidez y la existencia que genera, se alimentan una a otra en un proceso sucesivo. La avidez genera una nueva existencia; la nueva existencia prepara el terreno para que la avidez encuentre gratificación. Subyacente a este nexo vicioso que liga la avidez a la repetición de la existencia, existe un factor primordial llamado ignorancia (avijjā).
La ignorancia es una inconsciencia básica de la verdadera naturaleza de las cosas, un estado infinito de desconocimiento espiritual. La inconsciencia básica opera en dos formas distintas: oscurece, por un lado, la correcta cognición y, por el otro, como consecuencia, crea una red de distorsiones perceptuales y cognitivas.
Por la ignorancia, en numerosas ocasiones apreciamos belleza en cosas que son realmente repulsivas, permanencia en lo impermanente, placer en lo desagradable y una entidad permanente donde sólo existen fenómenos transitorios, insustanciales y sin ego. Estas ilusiones sostienen nuestro impulso de avidez. Como un asno que persigue la zanahoria suspendida de una vara y que se mueve frente a su cara; así nosotros perseguimos precipitadamente cualquier indicio que aparente belleza, permanencia, placer y entidad permanente; encontrándonos al final vacíos y más fuertemente enredados en la rueda samsárica.
Para poder liberarnos de este fútil y poco benéfico patrón, es necesario erradicar, no sólo temporal, sino completa y definitivamente, la avidez que lo ocasiona. Así, habremos de erradicar la ignorancia, ya que mientras permitamos que ella nos envuelva con su manto de ilusión, el terreno será propicio para su desarrollo.
El antídoto contra la ignorancia es la sabiduría (paññā), pues ésta el conocimiento profundo que rasga los velos de la ignorancia y nos permite ver las cosas como realmente son.
No es sólo el conocimiento, sino fundamentalmente una experiencia generada en nosotros mismos de manera directa, inmediata y personal. Para arribar a la sabiduría, requerimos de la enseñanza, ayuda y guía de alguien que nos oriente sobre lo que debemos ver y entender por nosotros mismos y que nos proporcione los métodos a través de los cuales podamos desarrollar la sabiduría liberadora, logrando vencer las ataduras que nos ligan a las repetidas existencias.
Por lo tanto, aquellos que nos brinden tanto sus enseñanzas y su guía, como la protección a los peligros que existen en el transcurso general de la existencia, pueden ser considerados como refugio genuino. Consiguientemente, la necesidad de liberarnos de la insatisfactoriedad del ciclo, constituye la tercera razón para in hacia el refugio.